miércoles 17 de diciembre de 2008 23:26 Director

El fútbol gris y atropellado no dio resultado al Valencia. Pese a la dificultad añadida, pues, al menos, medio estadio estaba impracticable, no era excusa suficiente la nieve.
EP.- Salió con la mentalidad adecuada. Debía ganar para ser primero de grupo. Retuvo el balón. Y trató de proponer su juego. Eso sí, sin la exquisitez de los hombres de creación, ayer en el banquillo, el toque lo ponían Vicente y Fernandes. E incluso Joaquín o Viana, tan intermitente siempre, digno sustituto de Baraja, que dibujaron para Morientes el tanto del empate inicial.
Pero el Saint – Etienne, que no ha perdido en su estadio ninguno de los últimos siete partidos de competición europea, se desquitó de su pésima temporada en la liga. Está a dos puntos del descenso. Aunque no lo pareciera. Y descubrió en sus filas a hombres válidos. Muy peligrosos a la contra. Y con picardía. Se aprovecharon de la extraña ubicación de Maduro en el eje de la defensa, caso del mediocentro Machado, o del escaso ritmo de Curro Torres, caso de Payet, una pesadilla para el lateral, a quien superó una y otra vez. Ilan se nutrió del juego de ambos. Del genial balón vertical de Payet, que el punta picó para superar a Guaita con facilidad. O de la jugada entre Machado y Andreu. Ilan, al acecho, se aprovechó del error del joven guardameta valenciano, a quien el balón se le resbaló de las manos.
Consciente de sus pésimos 45 minutos iniciales, Guaita se empecinó en lavar su imagen. Se envalentonó en un par de salidas. Y salvo al Valencia de la goleada cuando el equipo francés asedió sin descanso la meta del canterano. Habían construido los de Emery una autopista libre de peajes entre Marchena y Maduro por la que Ilan, Payet y Mirallas transitaron sin piedad. Sin acierto, también.
Y evitó así el Valencia la derrota. Se espabiló con los cambios. Sin el lastre de Curro Torres, ganó en defensa con un omnipresente Miguel. Silva reavivó, aunque sin consecuencias, el juego de los suyos, que aparcaron el recurso al balonazo y las torpes entregas de los primeros minutos en la reanudación del partido. Y los de Emery tuvieron que conformarse con el testarazo del grandullón Zigic, que clavó las rodillas en el suelo para poder rematar el balón que le había cedido Del Horno. Un empate. Una segunda plaza. Y gracias. Pues había vivido el Valencia entre la congoja y el llamamiento a la épica, que no fue suficiente.